27/3/13

Artemisa y Edimion

Artemisa, la luna divinizada, fue desde los más remotos tiempos inspiradora de pasiones y se vio siempre muy solicitada. Todo su drama de amor es, pues, comprensible. Si la fealdad es la mejor defensa de la virtud, Artemisa se encuentra desprovista del todo de esta defensa tan útil. Fue bella desde el principio, lo sigue siendo y sigue inspirando a los poetas y enamorando a los hombres.

Artemisa es hija de Zeus y de la mortal Leto, melliza de Apolo, dios del sol. La mayoría de los mitos de esta diosa son historias de amor, y esto parece lo propio de una diosa que sólo sale de noche a lucir su belleza. 




Pero el héroe de la más grande leyenda de amor de Artemisa es Endimión, también de origen divino y nieto de Zeus. El se dedica al pastoreo, pero antes había sido rey de Elida. Le destronaron, se refugió en el monte Larmos y se dedicó a apacentar sus vacas y a contemplar a la luna, se dice que el fue el primero en estudiar sus movimientos.

Endimión, llegada la noche, cansado de sus tareas del día, se acostaba al aire libre, junto a la puerta de la cueva, desnudo, para distraer su soledad contemplando a Artemisa, nutriendo a su corazón de esta muda contemplación amorosa.
Cierta noche Artemisa le descubre, le ama y se tiende a dormir junto a él. Desde entonces le visita todas las noches, le encuentra siempre dormido, y se acuesta junto a él sin despertarle. Así, dormido él y ella despierta, se aman. Ella no se atreve a despertarle porque tiene miedo de estropear una situación tan romántica.

 Pero un día él se despierta, de pronto, por un querer de los dioses. Ve a su amada allí en pleno amor y es feliz con ella. Él confiesa su amor, que dura desde hace tanto tiempo, y ella también. Esta escena de la mutua confesión. Entonces al que tiene miedo es a Endimión. Ha pasado tanto tiempo que ya empieza a envejecer, y pide a Artemisa que haga uso de su poder divino y le conserve siempre joven. Artemisa de prisa llega al Olimpo y le pide ayuda a su padre Zeus, y éste decide que Endimión no sufra el paso del tiempo, pero sólo mientras esté dormido. Sólo envejecerá, en adelante, los ratos que esté despierto y solo despertara cuando Artemisa este a su lado para amarse.

Artemisa le promete a Edimion que estará siempre con él mientras él duerma. Así él no envejece y siempre que se despierte se despertara feliz. 
El mito no explica el final de Endimión ni el de Artemisa porque no ha tenido final. Sigue en el cielo, enamorando a los hombres y recibiendo el homenaje y las canciones de los poetas mientras visita a su amado. Apenas existe un poeta que no la haya mencionado alguna vez, como símbolo de la meta ideal e inefable de su corazón enamorado de algo que está más allá del alcance de los hombres.


Edimion:

Yo dormía en la cumbre y era hermoso mi cuerpo, que los años han gastado. Alto en la noche helénica, el centauro demoraba su cuadrupe carrera para atisbar mi sueño.

Me placía dormir para soñar y
para el otro sueño lustral que elude la memoria y que nos purifica del gravamen de ser aquel que somos en la tierra.
Artemisa, la diosa que es también luna, me veía dormir en la montaña
y lentamente descendió a mis brazos.
Plata y amor en la encendida noche. Yo apretaba los párpados mortales, yo quería no ver el rostro bello que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan, oh ríos del amor y de la noche, oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
hay cosas que no miden los racimos ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehuye. Le da miedo el hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado, una zozobra da horror a mi vigilia. 
Me pregunto si aquel tumulto de plata en la montaña fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo de ayer un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes caminos de la tierra, pero siempre busco en la antigua noche de los númenes a la indiferente luna, hija de Zeus. Mi amada Artemisa